Agustín Muganza es un soldado del Ejército Rwandés que está casado con Jeanne, una mujer tutsi en la Rwanda de 1994. Con ella tiene dos hijos, Marcus e Yves-André, y una hija, Anne-Marie. Él es un hutu moderado que apoya el regreso de los Tutsis a Rwanda después de un exilio de cerca de 30 años. Por el otro lado, su hermano, Honoré Butera, es un periodista que lanza propaganda anti tutsi por la radio y promueve el odio a los miembros de esta raza.
El 6 de Abril de 1994 el avión en el que viajaba el presidente Juvenal Habyarimana junto con su homólogo de Burundi es tirado y explota sin que se encuentre ningún responsable directo y entonces Agustín comprende que los hutus radicales, simpatizantes del gobierno y opuestos al regreso de los tutsis comenzarán a atacarlos pronto así como a aquellos que simpaticen con ellos.
Esa noche logra ocultar a su familia, pero pronto se ven obligados a huir, y para esto, Agustin le pide ayuda a su hermano, para que pase a su esposa e hijos y a la esposa de Xavier, un militar amigo suyo, por los retenes y los ponga a salvo. Lo que Agustin sólo pudo saber hasta mucho después fue que en el camino, Honoré, que conocía los manejos con los extremistas hutu, no pudo negociar su pase y sólo pudo ver como asesinaban a los hijos de su hermano y golpeaban a su esposa.
Años después Honoré está preso por apoyar la masacre. Y desde la cárcel le pide a Agustin que vaya a verlo pues le contará qué fue lo que pasó con su esposa e hijos, pues sabe que su hermano lo culpa de haberlos entregado, o al menos no haberlos protegido bien de los hutus radicales.
Así, Algunas veces en Abril se convierte en un testimonio fiel y realista del genocidio llevado a cabo en Rwanda en abril de 1994. A través de los ojos de los protagonistas, Agustin y Honoré, el filme da un recorrido por los 3 meses que duró el genocidio, las atrocidades que iban en crescendo y el número de muertos que al final se estimó en un mínimo de 800,000 personas.
El genocidio de Rwanda no fue tanto un acto racial como uno político, lo que se demuestra por el hecho de que en general se atacó también a aquellos simpatizantes, principalmente hutus moderados, del retorno y establecimiento de los tutsis en el país. Esto se debía a que los que se hallaban en el poder querían mantener sus privilegios, lo que sería difícil una vez que la minoría tutsi, desde la época colonial elegidos como los dirigentes y élite de Rwanda, regresaran al país.
El genocidio de igual forma no fue preparado de la nada, sino de una falange mayoritaria y radical de hutus lo perpetró y lo tenían bien planeado desde tiempo antes. Sólo se necesitaba un pretexto para llevarlo a cabo. En la película se ve cómo ya la familia de Agustin vivía bajo presión por las crecientes agresiones contra los tutsis, al grado que su esposa le pedía abandonar el país, y le reprochaba haber mandado a su hija a un internado católico, lejos de Kigali.
Una vez desencadenada la violencia, no hubo nada que pudiera detenerla. Sólo el tiempo. Durante tres meses el número de víctimas fue en ascenso exponencialmente cada día, y las medidas eran cada vez más duras. En la película podemos observar también el uso que se hizo de las listas de identificación racial del gobierno. Se cazaba a los residentes tutsis y sus familiares hutus en sus propias casas.
A muchos en efecto no les quedaba de otra más que entregar a sus amigos o a gente cercana o morir junto a ellos. Incluso aquellos que albergaban por un tiempo a los fugitivos terminaban deshaciéndose de ellos o bien muertos por encubrirlos y ser sospechosos de ser hutus moderados.
En especial les fue mal a las mujeres. Una gran cantidad fueron violadas y después masacradas. Pocas vivieron para contarlo. En la película, el caso de la excompañera de Anne-Marie, quien al final va a rendir su testimonio al tribunal en el que comparece Honoré, da cuenta de la inhumanidad con las que fueron tratadas todas las mujeres que eran atrapadas por el Frente Patriótico Revolucionario.
Sin embargo, muchos de los agresores quedaron impunes por falta de pruebas. Del mismo ejército rwandés, que entrenó a las milicias Interahamwe, (golpeemos juntos) no fueron procesados ni ajusticiados los perpetradores del genocidio, o por lo menos no todos los que participaron activamente.
Algunos mandos y miembros del ejército Rwandés fueron responsabilizados más tarde por no frenar la matanza, y algunos incluso con pruebas que los inculpaban de haber participado activamente. Pero de los soldados desconocidos no había forma real de probar que hubiesen realizado una acción genocida. Se dependía exclusivamente del testimonio de los sobrevivientes y de que éstos reconocieran a los agresores.
Así es como se ve al final de Algunas veces en abril. Superando el miedo, los sobrevivientes se reúnen a tratar de identificar a los acusados de genocidio, y aunque muchos no reconocen a ninguno, algunos saltan cuando identifican a alguien que mató a un vecino, o que golpeó a un amigo, o a un familiar, etcétera.
Así, la masacre de Rwanda sigue siendo un motivo de vacío para aquellos que sobrevivieron para recordar la pesadilla vivida durante cerca de 100 días en su país. Cabe mencionar que aunque obedecía a intereses políticos, el genocidio no significó nada más en términos de estrategia, política o economía. Al contrario, solo sirvió para diezmar al país y su frágil economía al conseguir que todos los europeos, por tradición económicamente fuertes, huyeran del país al estallar el conflicto, y matar a más de la mitad de la población tutsi de rwanda y un equivalente al 11% del total.
Así, cada abril los rwandeses recordarán y sentirán de nuevo el vacío que les dejó aquel abril de 1994 en el que muchos perdieron mucho más que la vida: la esperanza, la tranquilidad y que con mucho esfuerzo, aquellos inocentes que sobrevivieron, han tratado de recuperar día a día con el paso de los años en Rwanda.


1 comentarios:

SKA-P dijo...

buenisima pelicula, muestra la realidad de lo acontecido en ruanda en 1994 , el genocidio en que la ONU y los paises de primer mundo se lavaron las manos por que no habia petroleo ni diamantes.